Dicen que el frío, a veces, huele a muerte. O al menos desprende un hedor cercano a la muerte. En las montañas, por encima de los 7500 metros, el cuerpo experimenta frío, sed y hambre, y se comporta de forma natural, intentando mantenerse en la vida. El frío lo combate, y por sed puede entrar en deshidratación. Respecto al hambre, al no encontrar el cuerpo alimento que lo mantenga, decide comerse a sí mismo, y a esa altitud el proceso se acelera. Los expertos lo llaman autofagia. Por ello, permanecer mucho tiempo por encima de esa cota es un acto suicida. Al menos cuando es evitable. Sí, lo sé, siempre es evitable. Pero, para ascender a las cimas más altas del planeta, o para salvarle la vida a alguien que lo está pasando mal por encima de esa cota, necesitamos entrar en esa zona y permanecer en ella mientras nuestro cuerpo lucha por mantenerse vivo. Por encima de los 7500 metros la presión de oxígeno es insuficiente para mantener al cuerpo con vida. Es lo que comúnmente conocemos como "la zona de la muerte".
Recuerdo una mañana que había dedicado una lección en la clase de filosofía al tema de la muerte y un alumno me preguntó sobre "la zona de la muerte". En algún lugar había oído la referencia y ahora aprovechaba la ocasión para aliviar la duda. A mí me conmocionó. No lo esperaba. Filosofía y alpinismo, dos de mis grandes pasiones, frente a frente. Reconozco que no fue fácil hacerles comprender lo que aquel enorme concepto suponía, pero lo intenté.
—Por lo que cuentas, entiendo que no hay oportunidad para la vida allí arriba —me decia el alumno—. Imagina entonces que estamos a 7500 metros . ¿Si andas un paso hacia adelante te vas muriendo y si lo vuelves a dar hacia atrás vuelves a la vida?
—En la montaña no existe esa precisión —les conté. No sabía cómo salir de aquel embrollo. Bueno, sí sabía. Había leído decenas de libros de alpinistas en situaciones extremas. Podría hablarles de Kurt Diemberger atrapado por una tormenta en el K2, de Carlos Pauner desaparecido en el Kangchenjunga, de Atxo Apellaniz y Juanjo San Sebastián en aquellos dramáticos días en la pared norte del K2, de Jordi Corominas descendiendo de noche desde la cima del K2, solo, exhausto... De Bonatti, traicionado por los suyos, pasando una noche infernal a la intemperie, a más de 8000 metros, junto al hunza Mahdi. Pero no lo hice. Preferí volver a la "zona de la vida" para hablarles de la muerte, desde un lugar cómodo, y decirles que la muerte había sido pensada crudamente por la filosofía. Necesitaban un auxilio.
📸 Marcos Jiménez
Tuve miedo de hablarles de la zona de la muerte con franqueza. No, nunca he estado en esa zona. Pero tampoco he estado muerto y me gusta hablar de la muerte. Es el problema metafísico tabú por excelencia, ya que parece que la invocamos al hablar de ella. No nos gusta perturbar la paz de los muertos. Preferimos hablar de la muerte desde otras disciplinas: un poema, una película o incluso una escultura nos muestran más sobre la muerte que los propios pensamientos. Por eso la zona de la muerte no carece de ese atractivo propio de los lugares siniestros y peligrosos. Algunos la comparan con un auténtico cementerio de cuerpos congelados que dieron su vida por cumplir un sueño. Pero eso no es dramático. Sobre el nivel del mar hay miles de cementerios repletos de cuerpos que jamás lucharon por ningún sueño. No hay más paz aquí abajo que allí arriba. La gran diferencia es que estando en las montañas la muerte está presente no como un final, sino como un pensamiento de autoafirmación constante.
No es el temor lo que inspira, sino la muerte entendida como horizonte. Y es que la propia muerte es un regalo si llega a tiempo. Martín Heidegger decía al respecto que la muerte siempre llega a destiempo, porque siempre nos estamos realizando: en una idea, en un proyecto, en una cima. Llega a destiempo, pero llega. Somos seres para la muerte. La vida, si se plantea como realización, necesita de la muerte para que cualquier proyecto cobre sentido. Eso genera angustia. Pero es una angustia que libera, nos recuerda Kierkegaard. Porque todo cobra sentido si nos preparamos para vivir con dignidad nuestra mortalidad. Y es que hasta la muerte se acaba. Eurípides también nos dejó un pensamiento esperanzador: "Quién sabe. Puede que la vida sea la muerte, y la muerte, la vida".
Por eso dicen que el frío, a veces, huele a muerte.



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