lunes, 30 de marzo de 2026

LA SIESTA DEL MENDIGO

Los días de expedición en la montaña se viven con una intensidad fuera de lo común. Las horas se ralentizan hasta el punto de que se pierde la noción del tiempo. Pasamos horas en tiendas de campaña, leyendo, pensando, charlando de las cosas que de verdad importan; luego tardamos horas en equiparnos para salir o en calentar agua, pero jamás nos consume la prisa. Se congela todo, hasta el tiempo, pero hay algo que se acentúa por encima de todo: los sentimientos.

Aunque soy para mí mismo un extraño, a ella la conozco demasiado bien. Conozco cada detalle de su rostro, cada emoción arrinconada bajo sus ojos... Cada uno de sus suspiros es capaz de desatar una tempestad. Por eso no me cuesta leer la tristeza en su mirada cuando me voy a la montaña y toca despedirnos. Ella, con sus elegantes ademanes, siempre está dispuesta a decirme adiós con una sonrisa inquebrantable que oculta una desolación sin consuelo. Y es que hay algo inexplicable en las despedidas, más cuando se trata de montañas, que hace que tengamos un incómodo nudo en la garganta, bello y molesto al mismo tiempo. 

Es hora de partir, amor mío.

En mitad de la noche la tienda se tambalea por el vendaval. La mente se entretiene con pensamientos que van y vienen. La familia, el corredor, ruidos nocturnos... Sabemos que hay ascensos que vienen marcados por un paso clave. Una ventana al vacío, una travesía expuesta al abismo, una canal helada o un simple paso entre rocas donde tienes que encajar el piolet en una grieta y rezar para que aguante. Piensas en ese paso desde la noche anterior. A veces es la fe o la nada. Y claro, piensas en morir. No en la muerte, que es diferente. Entonces intentas evadir esos pensamientos, y te acuerdas de tu gente: mi mujer, mis hijas, mi madre, mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos... de todos los que te esperan. Pero me acuerdo sobre todo de ella, mi mujer. Porque el sufrimiento no se ajusta a la capacidad que tengas para padecerlo. La desborda. Y eso es así porque importan otras cosas. La gente que piensa en ti durante esas expediciones no es capaz de medir el sufrimiento. Se le va de las manos. En ese sentido sí que somos egoístas los montañeros. Pero, ¿cómo gestionar eso? Me convenzo a mí mismo creyendo que es un egoísmo que encaja exactamente en la cantidad de amor que me profesa. Entonces vuelven a mi mente sus manos, su rostro, sus cejas cubriendo esos bellos ojos atrincherados en la verdad.

Mi pensamiento se vuelve nuevamente a nuestra despedida: me miró sin mentir y me suplicó que llevara mucho cuidado.

Su sufrimiento es lo último que acude a mi pensamiento cuando el silencio se apodera de todo. Es noche cerrada y todos duermen. Tengo la espalda helada y me cuesta conciliar el sueño. Me preparo más para una siesta incómoda que para una noche reparadora. Es la que llamo la siesta del mendigo. Un descanso obligado por el cansancio, bajo las estrellas, expuesto a la incertidumbre del mundo y a la claridad del pensamiento. Sí, la montaña es liberadora en muchos sentidos, pero a mí especialmente me reconforta porque pongo en orden mis propios pensamientos sin tener que confrontarlos con nada. Me despreocupo de las cosas que no importan.

Ahora hace frío. Mucho. Cada diez minutos tengo que cambiar la posición dentro del saco. En apenas unas horas descorreremos las cremalleras de la tiendas y nos pondremos en marcha. Descansa, amor mío. No te preocupes, llevaré cuidado. 

Te quiero.


viernes, 6 de marzo de 2026

AL RESCATE

Imaginemos por un momento a Spiderman en un descampado. La escena trascurre con normalidad hasta que el aburrimiento se apodera de él. Entonces busca un lugar distinto, un espacio lleno de paredes verticales en el que poder enganchar sus telarañas. Es instintivo. No encuentra nada, pero busca. No busca el riesgo, pero tiene un instinto que lo mueve a la acción, y eso a veces le acarrea problemas. Digamos, sin miedo a equivocarnos, que no es feliz en la tranquilidad del descampado.

Hay montañeros que sienten una atracción inevitable por las montañas, y juegan a ampliar sus límites de respuesta en situaciones cada vez más complejas: temperaturas desplomadas, frío intenso, fuertes vientos, nieve, hielo, verticalidad, exposición al vacío... Somos así, nos atrae el riesgo. Y no es fácil gestionar esta atracción. Nos atrae un abismo bajo nuestros pies, un desafío constante al vacío, una arista afilada, un paso mixto de roca y hielo, un corredor helado, una arista cimera envuelta en fuertes vientos... Y aunque todo esto forme parte de esa misteriosa atracción, nunca se va de nuestras cabezas que un error pueda acabar en accidente (incluso en tragedia). Por eso nos preparamos a conciencia para ello, física y mentalmente. Y conscientes del riesgo, más de una vez hemos pensado en un posible rescate como consecuencia de una decisión que no acaba como nosotros pensamos. Hay peligros —más allá de las malas decisiones— que son objetivos. No dependen de nosotros. ¿Son evitables? Siempre. Basta con no ir a la montaña. 

Pero las montañas están ahí, nos recuerda Mallory. Y porque están ahí, nos atraen, y vamos hacia ellas. Y de esta atracción surge una forma de ser que es propia del montañero, que lo ubica en el centro de la critica cada vez que ocurre un accidente y se activa el protocolo de rescate. Y contra las críticas hay un alegato que me sale del alma cada vez que se desata una caza de brujas contra el montañero. Considero que no se pueden medir las imprudencias en la montaña desde unos criterios urbanos de confort, ni usar el coste público como un arma moral selectiva para persuadirnos a los montañeros, porque se pagan otras imprudencias (tabaco, alcoholismo, mala alimentación, exposición al sol...) que nunca —o al menos no tan a menudo ni de forma tan despectiva— son cuestionadas. Los montañeros nos preparamos técnicamente para estos casos, pero nunca hay riesgo cero. No podemos vivir siempre con esa condena moral.

Los servicios de rescate existen para proteger vidas, no para castigar decisiones. Y funcionan mejor cuando la gente no tiene miedo de pedir ayuda cuando algo sale mal. Quizá existan medidas de educación en la montaña que reduzcan las imprudencias, pero no todo puede desembocar en un aluvión constante de críticas por imprudencia. Cuando salgo a la montaña no sé si el tiempo va a cambiar, si se me va a ir una placa o si un crampón se me va a enganchar en las polainas y voy a resbalar en mitad de una pendiente. Lo que sí sé es que no tengo un afán especial en poner en riesgo la vida de nadie ni aprovecharme del dinero público si algo sale mal. Y sí, hay una solución que vuelve a resonar a lo lejos: "Quédate en casa". Entonces me abruma la idea de verme como Spiderman en mitad del descampado porque, seamos honestos, la cacería no va contra ese día que decidimos salir. Va contra la libertad del que desafía los limites del riesgo cero (lo que venimos llamando la seguridad del descampado). Pero olvidamos que el que ama el alpinismo necesita nieve, frío y adversidad. Igual que el surfista necesita olas y no es feliz con el mar en calma, o el buceador que no se contenta con una bañera llena de peces de una tienda de mascotas. 

Entonces, ¿cuál es el problema real? ¿Poner en riesgo a los rescatadores? ¿El dinero que cuesta un rescate? ¿Ambos? En principio el dinero no debería ser un problema, ya que la mayoría de las CCAA incluyen en sus presupuestos una partida destinada a este tipo de situaciones. Esto abriría un debate mucho más profundo sobre el dinero público que tocaría otros ámbitos más delicados, cómo la sanidad, donde algunas "imprudencias" podrían verse afectadas. El caso de los rescatadores es distinto. Es cierto que muchos deben asumir un riesgo que, a veces, se podría evitar. Pero entiendo que son profesionales y, cuando eligen pertenecer a ese cuerpo, asumen un riesgo que es implícito, como les ocurre a otras profesiones. El objetivo es colectivo: salvar vidas, aunque sean vidas de imprudentes. Y lo hacen desde un altruismo que, posiblemente, sea de alabar. Ayn Rand decía que ayudar a los demás no es altruismo. Para que lo sea, debe haber además un sacrificio. Y este sacrificio implica estar al servicio de otros y se debe anteponer el bien de los demás por encima del propio.  

Dicho esto, el peso de toda la polémica parece caer a plomo sobre otra cuestión fundamental: ¿qué es una imprudencia? ¿Toda acción que acaba en accidente es imprudente? ¿Es lo mismo subir al Mont Blanc en chanclas y albornoz que resbalar por una pendiente helada y doblarte un tobillo o romperte una pierna? Entonces hay aquí una reflexión obligada. Aristóteles nos dio una aproximación al concepto de imprudencia: nos dijo que ser prudente es moverse entre el exceso y el defecto, porque uno deriva en la temeridad y el otro en la cobardía. Por tanto, tan imprudente es arriesgarlo todo como no arriesgar nada.  En este sentido, nos recuerda Aristóteles que enfadarse es fácil, pero lo difícil es hacerlo con la persona correcta, en el momento oportuno, en el grado exacto y con el propósito justo. ¿A qué llamar imprudencia en la montaña? ¿Por qué cualquier acción es castigada con el mismo conato de reproches e indignación? ¿Acaso valorar todo lo que implica hacer la ruta con conciencia no deja espacio para la incertidumbre? Entonces ¿qué nos hace a los montañeros ser tan odiados por nuestras decisiones si nos movemos por un terreno tan impredecible? 

Igual para muchos la respuesta a nuestras inquietudes sea esta: quédate en el descampado. Yo lo tengo claro: si tengo que elegir entre arriesgarlo todo o no arriesgar nada, prefiero la plenitud antes que el vacío.