miércoles, 18 de septiembre de 2024

EL GIGANTE DE LA SAGRA

Casi todos los montañeros nos parecemos en la manera de afrontar el sufrimiento; además, tenemos en común un sentimiento de contrariedad cuando nos enfrentamos por primera vez a una montaña. Somos humanos. Nos sugestionamos de igual forma. Pero hay una virtud que nos hace casi divinos: preferimos luchar en solitario contra nuestros propios demonios. 

Hay una montaña que adoro: la Sagra (2383m). Por su solemnidad, por su magia, y por ser un icono inconfundible del alpinismo andaluz. Es la montaña más alta de Andalucía sin tener en cuenta los mágicos picos de Sierra Nevada, y presenta decenas de vías de ascenso. Una de las menos populares, la vía ‘rumardo’, un precioso corredor que descubrí en el clásico libro de Ángel Ortiz sobre la Sagra. La vía recibe su nombre en honor a Romualdo Doménech Brotóns. Una línea muy alpina que describen muy bien los compañeros de Montañas del sur.

 

Este homenaje tan especial a esa ruta lo presento en clave literaria. Un pequeño relato donde aparecen los lugares más emblemáticos del ascenso a la Sagra por el corredor Rumardo.


EL GIGANTE DE LA SAGRA

"Conocí a Beltrán en febrero de 1952. Los dos nos escondíamos en la sierra de la Sagra y huíamos por lo mismo.


Él llevaba más de un año escondido por estas sierras, según me dijo, sin trato ni maltrato, comiendo y bebiendo lo que podía. Es muy probable que se hubiera desconectado de su grupo en medio de todas aquellas persecuciones, y había perdido completamente la noción del tiempo. Cuando lo encontré, oculto entre aquellos riscos, me hablaba como si me conociera de toda la vida. "Ven, sube aquí, rápido. Debes encajonarte entre esas rocas. Así. Estira la pierna izquierda, verás como se engancha la bota en algún saliente de roca. Eso es. Dame la mano. Ya casi estás". Me decía con una paciencia infinita. Pasados los años he vuelto a ir por allí, por aquel paso de roca encajonado, y no sé cómo consiguió Beltrán que yo subiera por ahí. Bueno, sí lo sé. Oíamos a los perros de la Guardia Civil bastante cerca. 
Continuamos subiendo por la pendiente ladera, con la nieve hasta las rodillas, agarrándonos como podíamos a los setos nevados para no caer hacia atrás por aquel estrechamiento tan expuesto. 
-¿Por qué subimos tanto, Beltrán? -le pregunté al cabo de un rato.
-Aquí no tienen cojones de subir, Nicasio -me dijo, con aquella sonrisa intacta-. Ni con la huella hecha se atreverían a alcanzarnos por esta canal. Menos aún con la panza llena de borrego y vino.
Y era cierto. Seguimos ascendiendo y el ladrido de los perros se diluyó en la suave brisa. Hacía un sol radiante y la nieve acumulada en ese lado de la sierra nos estaba dificultando la subida. Sobre todo a Beltrán, que abría la huella con una alegría inhumana.
Recuerdo que era mediodía y el sol apretaba fuerte contra nuestras cabezas. Llegamos bastante arriba, a la altura de unos contrafuertes, cuando Beltrán se volvió hacia mí y me dijo con voz melancólica:
-¿Ves aquello de allí? Allí arriba. Es la mano del gigante. Pero no tengas miedo. Ya me ha debido reconocer.


Mi imaginación colapsó ante sus palabras. Vi la mano claramente, apoyada contra el contrafuerte rocoso. El gigante despertaba del letargo cuando nos oyó pasar.
-No te preocupes -me dijo-. Solo quiere saludar. ¡Soy yo otra vez! -gritó enérgico hacia las rocas-. Ahora ven, te contaré lo que este gigante hizo hace no mucho por mí -me dijo.
Seguimos subiendo, cada vez más cerca de aquellas enormes rocas. Al llegar a ellas, junto a un pino seco, se detuvo. 
-¡Mira qué hermosura! -me dijo. Sus ojos brillaban de emoción-. Un día me perseguían sin descanso y llegaron bastante cerca. Habían subido con los perros por un bosque cercano que hay más al oeste, por un sendero bastante empinado. Había un enorme nubarrón negro sobre la Sagra y, en apenas unos minutos, una gran tormenta se desató con violencia. En mitad de los relámpagos, cuando ya me tenían arrinconado contra estas rocas, el gigante despertó y me ayudó a escapar. Yo mismo vi cómo con el puño, de un golpe seco, abrió un pasillo entre aquellas rocas para que huyera. Oí perfectamente el rugido del impacto. 
-Y, ¿cómo supiste en mitad de la tormenta que estaba el paso abierto? -le pregunté yo, todavía sobrecogido por su historia.
-Por el fuerte viento que se levantó -me dijo con su eterna sonrisa-. De repente la corriente de aire impactó contra mí. Era el aviso. Debía seguir el camino del viento para escapar. Y escapé. ¿Ves aquel paso de allí? Allí fue. Lo llamé el paso del viento.



Dejamos allí al gigante y continuamos ascendiendo por la ladera. Y allí estábamos los dos, plantados ante el paso. Y, como no podía ser de otra forma, el paso del viento nos recibió con mucho viento. Una corriente impropia del día; un torrente de aire gélido procedente de la cara sur que casi nos impedía el paso.
-¡Pégate a la roca y camina detrás de mí! -me gritaba Beltrán.
Cuando salimos del paso, la montaña nos acogió con más cariño. La nieve se había cristalizado sobre los setos y se caminaba con algo menos de incomodidad. A pocos pasos ya podíamos intuir la cima. La cima. Huíamos de la muerte y Beltrán solo pensaba en la cima. Su cima. Allí arriba todo adquiere un cariz diferente. Unos instantes de felicidad que hacen que te olvides del mundo. Nos abrazamos y todos nuestros miedos se los llevó el poco viento que soplaba.

No he vuelto a saber de él en más de cuarenta años. Al día siguiente nos separamos. Yo decidí volver para las sierras de Castril y Cazorla, y a él lo dejé allí, como él mismo quería. Solitario. Allí con su gigante, su sonrisa y aquella pasión ciega que tenía por las montañas.

 
Esto es para ti, Beltrán, dondequiera que el destino te haya llevado. Que sepas que sigo subiendo a la Sagra. El gigante aún me recuerda. A veces me pregunta por ti. Aquí sigue, guardando el paso de los vientos para cuando decidas regresar.

Te extraña, tu amigo".