martes, 1 de octubre de 2024

LA SONRISA DE EDIPO

 

 

Los montañeros a veces encontramos rincones con un valor que excede lo majestuoso. Son esas montañas cercanas con las que conectamos de una forma muy emotiva. Una de ellas es la Atalaya del Muerto (1478m.), en Huéscar (Granada). 

Mi homenaje a esa montaña va en forma de historia.


LA SONRISA DE EDIPO

"Veníamos a veranear, como todos los años, a Huéscar, el pueblo de mis abuelos. Recuerdo que ese mismo año papá encontró trabajo en el campo. "Miseria nacional", decía. Pero al menos le sirvió para cambiar el ánimo durante las vacaciones.

 

                             *Foto de archivo. Fuente: elarchivohacesaber.blogspot.com
 

Mamá siempre aprovechaba las visitas al pueblo para hacer algún que otro trabajillo extra, cosiendo para las señoras y limpiando casas. Durante esos días se esperaba la llegada masiva de los señoritos al pueblo y muchas mozas de la zona echaban horas dejando las casas relucientes.

Papá llegaba siempre desesperado por el viaje, bajaba las maletas de la baca y las dejaba en el zaguán de la abuela María. Como el pueblo era tan pequeño, en nada de tiempo ya tenía allí a su amigo Tomás que lo esperaba para la partida de mus y el carajillo de coñac en la taberna.

Habíamos llegado cansados del viaje y me fui directo al sofá de la salita con el tío Joaquín, para que me contara sus horribles batallas de la mili de todos los veranos. Como de costumbre, no tardé más de diez minutos en abstraerme. Con la voz ronca del tío de fondo, empecé a llevar mi mente por toda la pequeña sala, buscando un refugio, una salida secreta para poder evadirme. Entonces me topé con un libro que me llamó la atención. La abuela lo tenía sobre el televisor, y le servía de soporte para sujetar una foto antigua de ella y el abuelo junto a otras personas muy mayores, igual del día de su boda o de algún otro evento familiar. Edipo Rey se llamaba el libro. Lo cogí con cuidado y comencé a interesarme por sus páginas, intentando escapar del tío Joaquín. No lo conseguí, así que empecé a leerlo sin apenas fijar la vista en lo que leía, en mitad de aquella espesa niebla producida por el humo de su cigarro.

-Y el gitano cogió el fusil y apuntó a mi cabo -decía el tío-. ¡Eso sí que eran cojones! Ja, ja, ja. Eso sí, estuvo en el calabozo media mili.

Mientras el pueblo de Tebas buscaba una solución a la peste, el gitano buscaba un permiso para ver a su hijo recién nacido. ¡Un oráculo! ¿Qué es un oráculo, tío? ¡Vaya preguntas tiene el zagal este!, me dijo. Y volvió al gitano. Me retiré al dormitorio. Al tío no pareció importarle, porque oía desde la habitación cómo seguía hablando del dichoso gitano. Yo, mientras tanto, caí rendido ante la revelación de aquel oráculo. que debía de ser una especie de adivino que traía malas noticias. Tenía mucho sueño y me dormí.

Sobre las seis de la tarde vino la abuela María a despertarme con un tazón de leche y dos enormes tostadas de aceite. Pleno de energía me animé a salir a la calle. Poco a poco me fui alejando del pueblo y acabé explorando algunos barrancos por el monte. Era una tarde bastante calurosa. Sudaba y estaba muy fatigado. ¿Tendría la peste de los tebanos? ¡Qué horror! Continué trepando por el barranco y llegué a una antigua atalaya desde la que podía ver el pueblo. Pensé en Edipo. Todo me recordaba a Edipo. Las piedras me recordaban al trágico destino al que se enfrentaba. 


Veía su rostro por todos lados. Pobre infeliz. ¡Vaya tragedia! Entonces pensé que sería incapaz de matar a papá y después acostarme con mamá. ¡Qué historia tan rara!

Cuando llegué al pueblo la abuela me estaba esperando en la puerta de la casa. 

-Espera aquí un momento, que mamá y papá están hablando -me dijo.

Estaban peleando. Se oían los gritos desde la calle Mayor. Seguro que papá había llegado bebido, como de costumbre. Era un buen hombre, pero el alcohol lo transformaba. En esos momentos sí que me entraban ganas de matarlo. No soportaba verlos pelear, y menos que le gritara a mamá. Aunque, a veces, era ella la que le increpaba a voces su conducta, sin haberlo merecido. Él se limitaba a aguantar el chaparrón de voces, casi inconsciente, con la camisa llena de lamparones, oliendo a cigarrillos y a Carlos III. 

Cuando todo estuvo en calma, la abuela preparó la cena. Yo apenas tenía hambre, así que me subí a la habitación a leer. Esquivé hábilmente al tío Joaquín y corrí por las escaleras sin hacer ruido. Cuando llegó la medianoche mamá subió a arroparme y se quedó, como de costumbre, un rato acostada junto a mí. Fue la primera vez que sentí aversión hacia ella. No sé si llegó a sentir cómo yo intentaba expulsarla de la cama haciendo presión con mi cuerpo. ¡Qué mal me sentía! ¡Era mi madre, joder!

Amanecí envuelto en la sábana, sudando. Desayuné deprisa y cogí la bicicleta para ir a bañarme al manantial, a las afueras del pueblo. Y así pasamos otro verano, entre baños y broncas, pero felices de estar allí.

 

He vuelto al pueblo cuando he podido. No con el deseo de antes, pero me sigue emocionando volver a las sierras que me cobijaron durante mi adolescencia. 

 


Hoy he vuelto por un motivo doloroso. La abuela María ha fallecido y hemos venido a decirle adiós. Al volver del cementerio mamá quería coger algunas cosas de recuerdo de casa de la abuela y allí estaba el libro. Entonces le dije a mamá que tenía que volver a la atalaya antes de irnos. Al llegar arriba volví a sentir la libertad del que camina sin otro deseo que el de ser feliz mientras respira el aire puro de esta sierra. No hay mejor lugar para poner en orden los pensamientos; creo que he subido más de treinta veces y nunca por el mismo sitio. Pero allí estaba de nuevo, junto a Edipo. Mi sorpresa fue grande cuando lo encontré tan desolado. Había llegado tarde, como siempre. 



Lo siento abuela. Lo siento, Edipo. ¡Tus ojos! Somos dos almas en pena que luchan contra su destino. Ojalá algún día sepa cómo lidiar con mi tormento.

Adiós, abuela".