viernes, 24 de abril de 2026

EL BUEN MONTAÑERO

"Ojalá no fuese necesaria la ética". Eso indicaría que estamos preparados para hacer nuestra vida sin incomodar a los demás. Quizá una ingenua utopía.

Las utopías tienen sentido, al menos, como medio para alcanzar un fin de proporciones titánicas. Y sí, ojalá no hicieran falta las normas éticas de comportamiento. Eso supondría el triunfo de aquello que nos hace auténticamente humanos. Baruch Spinoza esbozó una idea parecida arguyendo que, en un mundo donde todos actuaran desde la razón y la comprensión, no haría falta hablar de la ética. Y, sin embargo, nos dejó uno de los compendios de ética más influyentes de la filosofía occidental.

En la montaña nos comportamos de acuerdo a unas reglas no escritas. Un código ético que, más que limitar nuestra libertad, pretende erigirse como garantia de una conexión plena con la naturaleza. Que sean normas éticas implica que pueden no seguirse sin miedo a una amonestación. Y desde aquí surge la necesidad de concienciar al respecto. 

Pero, ¿Las necesitamos realmente? Si tuviera que escribir un manifiesto con las normas éticas del buen montañero, no tendría dudas de que serían, por los menos, éstas:


TREINTA NORMAS DEL ESPÍRITU MONTAÑERO:

1. Saluda siempre cuando te cruces con alguien. Un gesto, una palabra, una mirada amable... 

2. Deja paso a quien sube. El ritmo de subida, como norma general, es más difícil de controlar que el de bajada. 

3. Facilita el adelantamiento sin ponerte en riesgo y sin bloquear el sendero. 

4. Usa un tono de voz moderado. Los gritos y las voces pueden incomodar a quien busque en la montaña un entorno silencioso.

5. No son necesarios altavoces o música excesivamente alta. Quizá no sea necesaria ni la música.

6. Habla solo con aquellos que quieran conversar. Es bonito aprender a respetar a quienes buscan silencio y soledad en la montaña. 

7. Intenta ayudar, en la medida de tus posibilidades, a quien veas con dificultades. 

8. Procura no reírte del ritmo o nivel de los demás. Recuerda que en un valle eres maestro y en otro, discípulo. 

8. Comparte información, meteorología, estado de la ruta, resaltes, senderos... Todo lo que pueda ser útil a otros para alcanzar su objetivo.

9. Procura no ocupar espacios comunes (cumbres, miradores, crestas, pasos expuestos...) más de lo necesario.

10. No cuesta nada ser amable en los refugios

11. Procura no invadir el espacio personal de nadie. No estamos solos.

12. No pongas en riesgo a otra persona con tus movimientos. Sé paciente. Os une el mismo código.

13. No fumes donde puedas molestar a otros con tu humo.

14. No permitas que tu perro moleste a otros montañeros. Hay un espacio precioso para él apartado de esas molestias. La naturaleza también le pertenece.

15. Respeta el descanso en los refugios y vivacs.

16. No maltrates los puntos de agua. Son fuente de vida para todos.

17. Procura no bloquear puertas, pasos o accesos en refugios o vivacs. 

18. No dejes basura, ni siquiera orgánica. No en refugios libres ni en el monte. Tan fácil como llevártela, sacarla de la naturaleza.

19. No arranques flores ni plantas. Sin más.

20. Procura no alimentar animales salvajes.

21. No hacer fuego fuera de zonas y fechas autorizadas.

22. No crear senderos nuevos.

23. Procura no mover piedras para hacer hitos, menos aún en senderos señalizados.

24. No bañarse en lagunas protegidas. Piensa que sí están protegidas, es por algo.

25. No uses jabones en ríos o lagos.

26. No modifiques el entorno: ni arrancar ramas, ni recolectar fósiles, ni cavar hoyos, ni pisar zonas frágiles o en regeneración.

27. Llévate las colillas. Al menos las tuyas.

28. Recoge tu papel higiénico al aire libre. Lleva bolsas herméticas. El monte no es un vertedero.

29. No alteres las señales naturales o hitos oficiales. Puedes poner en peligro a otros montañeros.

30. Elige bien tú zona de evacuación: mea lejos de ríos y apartado del sendero; caga lejos. Tan lejos que te dé pereza volver.


Las reglas son solo un parche para cubrir la falta de armonía interior. Mejor la virtud a la norma. Así, ganamos todos.

lunes, 30 de marzo de 2026

LA SIESTA DEL MENDIGO

Los días de expedición en la montaña se viven con una intensidad fuera de lo común. Las horas se ralentizan hasta el punto de que se pierde la noción del tiempo. Pasamos horas en tiendas de campaña, leyendo, pensando, charlando de las cosas que de verdad importan; luego tardamos horas en equiparnos para salir o en calentar agua, pero jamás nos consume la prisa. Se congela todo, hasta el tiempo, pero hay algo que se acentúa por encima de todo: los sentimientos.

Aunque soy para mí mismo un extraño, a ella la conozco demasiado bien. Conozco cada detalle de su rostro, cada emoción arrinconada bajo sus ojos... Cada uno de sus suspiros es capaz de desatar una tempestad. Por eso no me cuesta leer la tristeza en su mirada cuando me voy a la montaña y toca despedirnos. Ella, con sus elegantes ademanes, siempre está dispuesta a decirme adiós con una sonrisa inquebrantable que oculta una desolación sin consuelo. Y es que hay algo inexplicable en las despedidas, más cuando se trata de montañas, que hace que tengamos un incómodo nudo en la garganta, bello y molesto al mismo tiempo. 

Es hora de partir, amor mío.

En mitad de la noche la tienda se tambalea por el vendaval. La mente se entretiene con pensamientos que van y vienen. La familia, el corredor, ruidos nocturnos... Sabemos que hay ascensos que vienen marcados por un paso clave. Una ventana al vacío, una travesía expuesta al abismo, una canal helada o un simple paso entre rocas donde tienes que encajar el piolet en una grieta y rezar para que aguante. Piensas en ese paso desde la noche anterior. A veces es la fe o la nada. Y claro, piensas en morir. No en la muerte, que es diferente. Entonces intentas evadir esos pensamientos, y te acuerdas de tu gente: mi mujer, mis hijas, mi madre, mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos... de todos los que te esperan. Pero me acuerdo sobre todo de ella, mi mujer. Porque el sufrimiento no se ajusta a la capacidad que tengas para padecerlo. La desborda. Y eso es así porque importan otras cosas. La gente que piensa en ti durante esas expediciones no es capaz de medir el sufrimiento. Se le va de las manos. En ese sentido sí que somos egoístas los montañeros. Pero, ¿cómo gestionar eso? Me convenzo a mí mismo creyendo que es un egoísmo que encaja exactamente en la cantidad de amor que me profesa. Entonces vuelven a mi mente sus manos, su rostro, sus cejas cubriendo esos bellos ojos atrincherados en la verdad.

Mi pensamiento se vuelve nuevamente a nuestra despedida: me miró sin mentir y me suplicó que llevara mucho cuidado.

Su sufrimiento es lo último que acude a mi pensamiento cuando el silencio se apodera de todo. Es noche cerrada y todos duermen. Tengo la espalda helada y me cuesta conciliar el sueño. Me preparo más para una siesta incómoda que para una noche reparadora. Es la que llamo la siesta del mendigo. Un descanso obligado por el cansancio, bajo las estrellas, expuesto a la incertidumbre del mundo y a la claridad del pensamiento. Sí, la montaña es liberadora en muchos sentidos, pero a mí especialmente me reconforta porque pongo en orden mis propios pensamientos sin tener que confrontarlos con nada. Me despreocupo de las cosas que no importan.

Ahora hace frío. Mucho. Cada diez minutos tengo que cambiar la posición dentro del saco. En apenas unas horas descorreremos las cremalleras de la tiendas y nos pondremos en marcha. Descansa, amor mío. No te preocupes, llevaré cuidado. 

Te quiero.


viernes, 6 de marzo de 2026

AL RESCATE

Imaginemos por un momento a Spiderman en un descampado. La escena trascurre con normalidad hasta que el aburrimiento se apodera de él. Entonces busca un lugar distinto, un espacio lleno de paredes verticales en el que poder enganchar sus telarañas. Es instintivo. No encuentra nada, pero busca. No busca el riesgo, pero tiene un instinto que lo mueve a la acción, y eso a veces le acarrea problemas. Digamos, sin miedo a equivocarnos, que no es feliz en la tranquilidad del descampado.

Hay montañeros que sienten una atracción inevitable por las montañas, y juegan a ampliar sus límites de respuesta en situaciones cada vez más complejas: temperaturas desplomadas, frío intenso, fuertes vientos, nieve, hielo, verticalidad, exposición al vacío... Somos así, nos atrae el riesgo. Y no es fácil gestionar esta atracción. Nos atrae un abismo bajo nuestros pies, un desafío constante al vacío, una arista afilada, un paso mixto de roca y hielo, un corredor helado, una arista cimera envuelta en fuertes vientos... Y aunque todo esto forme parte de esa misteriosa atracción, nunca se va de nuestras cabezas que un error pueda acabar en accidente (incluso en tragedia). Por eso nos preparamos a conciencia para ello, física y mentalmente. Y conscientes del riesgo, más de una vez hemos pensado en un posible rescate como consecuencia de una decisión que no acaba como nosotros pensamos. Hay peligros —más allá de las malas decisiones— que son objetivos. No dependen de nosotros. ¿Son evitables? Siempre. Basta con no ir a la montaña. 

Pero las montañas están ahí, nos recuerda Mallory. Y porque están ahí, nos atraen, y vamos hacia ellas. Y de esta atracción surge una forma de ser que es propia del montañero, que lo ubica en el centro de la critica cada vez que ocurre un accidente y se activa el protocolo de rescate. Y contra las críticas hay un alegato que me sale del alma cada vez que se desata una caza de brujas contra el montañero. Considero que no se pueden medir las imprudencias en la montaña desde unos criterios urbanos de confort, ni usar el coste público como un arma moral selectiva para persuadirnos a los montañeros, porque se pagan otras imprudencias (tabaco, alcoholismo, mala alimentación, exposición al sol...) que nunca —o al menos no tan a menudo ni de forma tan despectiva— son cuestionadas. Los montañeros nos preparamos técnicamente para estos casos, pero nunca hay riesgo cero. No podemos vivir siempre con esa condena moral.

Los servicios de rescate existen para proteger vidas, no para castigar decisiones. Y funcionan mejor cuando la gente no tiene miedo de pedir ayuda cuando algo sale mal. Quizá existan medidas de educación en la montaña que reduzcan las imprudencias, pero no todo puede desembocar en un aluvión constante de críticas por imprudencia. Cuando salgo a la montaña no sé si el tiempo va a cambiar, si se me va a ir una placa o si un crampón se me va a enganchar en las polainas y voy a resbalar en mitad de una pendiente. Lo que sí sé es que no tengo un afán especial en poner en riesgo la vida de nadie ni aprovecharme del dinero público si algo sale mal. Y sí, hay una solución que vuelve a resonar a lo lejos: "Quédate en casa". Entonces me abruma la idea de verme como Spiderman en mitad del descampado porque, seamos honestos, la cacería no va contra ese día que decidimos salir. Va contra la libertad del que desafía los limites del riesgo cero (lo que venimos llamando la seguridad del descampado). Pero olvidamos que el que ama el alpinismo necesita nieve, frío y adversidad. Igual que el surfista necesita olas y no es feliz con el mar en calma, o el buceador que no se contenta con una bañera llena de peces de una tienda de mascotas. 

Entonces, ¿cuál es el problema real? ¿Poner en riesgo a los rescatadores? ¿El dinero que cuesta un rescate? ¿Ambos? En principio el dinero no debería ser un problema, ya que la mayoría de las CCAA incluyen en sus presupuestos una partida destinada a este tipo de situaciones. Esto abriría un debate mucho más profundo sobre el dinero público que tocaría otros ámbitos más delicados, cómo la sanidad, donde algunas "imprudencias" podrían verse afectadas. El caso de los rescatadores es distinto. Es cierto que muchos deben asumir un riesgo que, a veces, se podría evitar. Pero entiendo que son profesionales y, cuando eligen pertenecer a ese cuerpo, asumen un riesgo que es implícito, como les ocurre a otras profesiones. El objetivo es colectivo: salvar vidas, aunque sean vidas de imprudentes. Y lo hacen desde un altruismo que, posiblemente, sea de alabar. Ayn Rand decía que ayudar a los demás no es altruismo. Para que lo sea, debe haber además un sacrificio. Y este sacrificio implica estar al servicio de otros y se debe anteponer el bien de los demás por encima del propio.  

Dicho esto, el peso de toda la polémica parece caer a plomo sobre otra cuestión fundamental: ¿qué es una imprudencia? ¿Toda acción que acaba en accidente es imprudente? ¿Es lo mismo subir al Mont Blanc en chanclas y albornoz que resbalar por una pendiente helada y doblarte un tobillo o romperte una pierna? Entonces hay aquí una reflexión obligada. Aristóteles nos dio una aproximación al concepto de imprudencia: nos dijo que ser prudente es moverse entre el exceso y el defecto, porque uno deriva en la temeridad y el otro en la cobardía. Por tanto, tan imprudente es arriesgarlo todo como no arriesgar nada.  En este sentido, nos recuerda Aristóteles que enfadarse es fácil, pero lo difícil es hacerlo con la persona correcta, en el momento oportuno, en el grado exacto y con el propósito justo. ¿A qué llamar imprudencia en la montaña? ¿Por qué cualquier acción es castigada con el mismo conato de reproches e indignación? ¿Acaso valorar todo lo que implica hacer la ruta con conciencia no deja espacio para la incertidumbre? Entonces ¿qué nos hace a los montañeros ser tan odiados por nuestras decisiones si nos movemos por un terreno tan impredecible? 

Igual para muchos la respuesta a nuestras inquietudes sea esta: quédate en el descampado. Yo lo tengo claro: si tengo que elegir entre arriesgarlo todo o no arriesgar nada, prefiero la plenitud antes que el vacío.


miércoles, 11 de febrero de 2026

CEMENTERIO VERTICAL


El deshielo llegó demasiado pronto al valle. Cuando todavía los montañeros debían de estar temiendo por las cornisas crujiendo bajo sus pisadas, asomadas al blanco abismo, la ladera norte del pico Torvella empezó a mostrar extrañas cicatrices. Los prismáticos de Germán divisaron, entre la neblina, una desnudez poco usual. La meteorología había predicho un final de invierno incierto y poco habitual, así que no se sorprendió de que, tras unos días de nieve tenue, llegaran otros en los que el sol brillaba con una fuerza desmesurada.

El refugio de Rocanegra, a 3.847 metros, situado sobre una delgada arista rocosa elevada a los pies del glaciar norte del pico Torvella, jamás había sido testigo de un hecho tan insólito. Los glaciares de los valles colindantes cedían a un ritmo vertiginoso, a pesar de que, a esa altitud, la nieve solía persistir todo el verano. En las inmediaciones del refugio, en algunos tramos del glaciar norte, la propia nieve se humedecía, sin llegar a desaparecer, y acababa mostrando un hielo más vivo y cristalino. 

Una tarde, mientras revisaba el parte meteorológico, Germán escuchó unos pasos apresurados en la entrada del refugio. Se trataba de Olegario, su ayudante. Traía unos grandes ojos que parecían desencajarse de las cuencas.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

El muchacho dejó caer la mochila de golpe sobre el suelo de madera.

—La arista… —jadeó—. En el Torvella… No debería estar ahí.

Germán frunció el ceño. Conocía aquella montaña como la palma de su mano.

—¿Qué arista?

—El deshielo ha destapado una arista a la derecha del glaciar que, intuyo, recorre todo el pilar noroeste hacia la cima. Pero eso no es lo peor. —El hombre tragó la poca saliva que pudo generar—. Estando al pie de la arista… Alguien me habló.

Germán sintió un intenso escalofrío.

—¿Cómo que alguien? 

—Eran unas extrañas… voces —reconoció finalmente Olegario.  

El guarda respiró profundamente. Allí no subía nadie desde hacía días. Los senderos eran auténticos barrizales abajo en el valle y, desde hacía días, se habían ido sucediendo algunos desprendimientos en las laderas próximas al río. En uno de esos desprendimientos, la acumulación de rocas había barrido por completo el único puente estable para cruzar el río hacia el lado donde se encontraba el refugio, por lo que llevaban varios días aislados allí arriba.

—Quizá eran ecos —señalo Germán—. En esa canal se forman resonancias raras traídas por los vientos del norte.

—No eran ecos —confesó el muchacho en un susurro seco—. Eran instrucciones. Muy precisas. Y… —Olegario se estremeció de repente—. Venían de debajo de la roca.

—¿Bajo el glaciar? — inquirió Germán confuso.

Los ojos de Olegario mostraron horror. Ya no consiguió responder. Se sentó a los pies de la chimenea, clavó la mirada en el fuego y permaneció así toda la noche. Sus pensamientos se hicieron pesados. Tanto que apenas consiguió conciliar el sueño. Se despertaba horrorizado en mitad de la noche, o daba pequeños alaridos. Esas voces seguían en su cabeza.


A la mañana siguiente, Germán se despertó decidido a subir. Si era cierto que el retroceso repentino del glaciar había dejado al descubierto una nueva arista, debía evaluarla antes de que alguien decidiera explorarla por su cuenta. 

El cielo brillaba puro. Estaba limpio, pero el aire tenía esa ráfaga cortante que a veces presagia un cambio brusco de tiempo. Descendió de la abrupta arista donde estaba el refugio por las maromas, hasta el glaciar. Avanzó por la huella de Olegario, que había quedado casi enterrada por los vientos de la noche y atravesó la parte baja del glaciar, buscando la pendiente en dirección oeste. Al doblar un pequeño espolón, perdió la vista del refugio y en seguida la vio: una arista estrecha, afilada, que emergía como la columna vertebral de un gigante recién desenterrado. Una enorme cremallera de roca que cosía el propio glaciar a la montaña y se perdía en la pendiente infinita hacia la cima del Torvella.

No recordaba haberla visto nunca. Ni siquiera los más antiguos montañeros habían relatado jamás nada sobre ella. Ni su padre, antiguo guarda del refugio, desaparecido en aquellas montañas hacía más de una década, la había mencionado jamás. Ni siquiera los libros contenían la más mínima reseña sobre ella. 

La arista mordía la base del glaciar y se elevaba hacia lo más alto de la montaña, a pesar de que la neblina de la mañana no dejaba ver el final. Aún así, Germán se ajustó el casco y comenzó a trepar. La roca estaba fría y húmeda. En algunas zonas incluso estaba la nieve cristalizada. Sus manos se agarraban a los cantos helados con destreza, mientras iba dejando un vacío cada vez más agónico a sus pies. A los pocos metros, sintió algo extraño: un murmullo leve, como un suspiro atrapado entre las grietas.

Encajó bien las botas en un pequeño resalte y se detuvo.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó. La voz le temblaba. Estaba muy incómodo y asustado.

El viento le devolvió un silencio resquebrajado.

Tragó saliva y continuó ascendiendo. De vez en cuando echaba la mirada hacia lo que llevaba recorrido. Su intuición le decía que, en caso de volver, la montaña no se lo pondría fácil. Era una arista expuesta al vacío, con pasos aislados de cuarto grado, lo que suponía que, en caso de querer dar marcha atrás, podría tener serias dificultades. A ambos lados de la arista solo se intuía un abismo de hielo y grietas, una ventana a lo desconocido que lo perturbaba. Pero era tanta la atracción de aquel lugar que en ningún momento pensó en abandonar. La arista se estrechaba, obligándolo a avanzar cada vez con más precisión. Llegó a una pequeña chimenea de unos dos metros, bastante vertical, que le cortaba el paso. Mientras la estudiaba, oyó de nuevo la voz. Era un sonido ronco, tenue. Casi de ultratumba.

“El pie derecho… un poco más arriba de la rodilla”.

Germán se quedó helado. Miró a su alrededor. No había nadie.

—¿Hay alguien ahí? —gritó. Miró hacia arriba, pero la propia chimenea había ocultado parte de la arista. No había duda. La voz venía desde abajo. La voz venía de las grietas.

—Olegario, ¿eres tú? ¡Maldita sea! ¡Esto no tiene gracia!

La voz volvió, esta vez más clara.

No mires abajo. La mano derecha…busca una repisa. Entran tres dedos”.

El corazón le golpeó el pecho. Podía ser un eco, sí. Incluso pensó que podría ser su propia mente intentado dominar el miedo para salir ileso de aquella pared de roca. Pero la voz tenía un timbre humano distinto al suyo. No, no era él mismo. Era otra persona.

Respiró hondo y siguió las indicaciones. Cada pocos metros, la voz se alzaba desde el abismo:

Asegura bien los pies en la fisura. Ahora carga el peso a la izquierda”.

Era como si alguien lo estuviera guiando desde abajo, velando por sus pasos, como si conociera cada trampa de la arista.

Cuando alcanzó la repisa estrecha, cargó el peso sobre el lado izquierdo 

Busca un cazo con la mano derecha. Estira bien el brazo. Eso es. Un poco más”.

Se alzó con decisión. Estaba temblando cuando superó de la chimenea. Se arrodilló en un pequeño rellano para recuperar el aliento. Abajo el glaciar rugía enfurecido. Las grietas abiertas por el deshielo mostraban su ira. Germán pensó que era cosa del viento. Entonces fijó la mirada en el abismo y vio que algo brillaba tenuemente. Encendió la luz del frontal que llevaba en el caso y apuntó hacia la oscuridad del glaciar. Parecía un mosquetón oxidado enganchado a un viejo clavo. A su lado, un trozo de cuerda fosilizada por el hielo. Y sobre la nieve… un cráneo humano medio enterrado. La mandíbula estaba desencajada en un gesto de eterno dolor.

“¡Bravo!”. Las voces ahora se unieron en vítores.

Germán retrocedió de un salto, volcando parte de su cuerpo contra la roca. Estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al vacío. Cuando se recompuso, observó la grieta con detenimiento. No parecía fácil descender, pero algo le decía que tenía que bajar. Empotró los puños en una fisura de roca y sacó el cuerpo hacia la grieta, buscando resaltes en los que descansar los pies. Hacia abajo se extendían más de cinco metros, que quedaban tenuemente iluminados por la fuerte luz del frontal. El mosquetón brillaba junto al cráneo.

A mitad del descenso Germán sintió una punzada leve en el gemelo izquierdo y perdió el control. Rápidamente la gravedad lo escupió hacia atrás y fue rebotando por las paredes de hielo y roca hasta que calló de bruces en el fondo de la grieta.

—¡Dios…qué golpe!

Se palpó las piernas, los brazos y la cabeza en busca de alguna rotura, pero solo encontró un poco de sangre en su rostro . Cuando por fin pudo incorporarse, su asombro se multiplicó. La grieta no contenía un cuerpo. Contenía varios. Decenas de restos humanos atrapados entre capas de hielo milenario.

—Esto es un auténtico cementerio —exclamó.

Los pensamientos empezaban a bailarle desordenados en la cabeza a causa del golpe. “Parecen almas atrapadas en la montaña sin posibilidad de redención. Son las voces de aquellos que nunca volvieron”.

Germán sintió un fuerte nudo en la garganta. No era miedo, sino compasión. Quizá aquellos montañeros, en un último conato de caridad, seguían intentando guiar a otros para que nadie repitiera su destino. Era como si la propia montaña necesitara de aquellas almas para curar su herida, y quedaban atrapadas dentro de ella para siempre. Esas almas contaban con el único consuelo de poder guiar a otros lejos de aquella necrópolis. 

Germán se acercó a los cuerpos. Muchos en avanzada descomposición. Otros parecían tener aún la mirada clavada en la vida. Entonces vio el cuerpo de su padre, recostado contra la pared de la grieta. Lo reconoció por la cadena que colgaba de su cuello. Se arrodilló delante y lo acomodó como pudo. Besó la cadena y soltó un susurro helado en la cavidad: 

—Llegó el rescate, padre. Al fin llegó el rescate. 

Quedó un rato hablando junto a él, rodeado por los demás cuerpos, hasta que el frío le heló el tuétano. Se despidió de ellos y el viento pareció responder con un murmullo suave, casi un alivio sosegado. Cogió el mosquetón oxidado y lo guardó en la mochila.


Cuando regresó al refugio, cerca del atardecer, Olegario salió a su encuentro.

—¿Subiste? —preguntó, sin levantar la vista—. Te perdí la pista con los prismáticos y me costó seguir tu rastro.

Germán asintió.

—Sí.

—¿Y… las voces?

El guarda se sentó frente a su ayudante.

—No he visto nada—dijo finalmente.

El montañero lo miró incrédulo.

—¿Y cómo explicas entonces esas voces, esos susurros mortíferos?

Germán pensó un momento.

—Puede que fuera la misma montaña la que quería mandarte una advertencia.

El ayudante tragó saliva.

—¿Entonces… debería sentirme agradecido?

—Creo que sí —respondió Germán—. Quizá te haya salvado de una tragedia.

Olegario se quedó en silencio. Luego, con voz temblorosa, dijo:

—¿Y tú? ¿No tenían nada para ti? ¿Qué te dijeron?

Germán miró por la ventana. La montaña lucía espléndida, envuelta en los tonos rosados y pardos del atardecer.

—Nada que no supiera —respondió. 

Esa noche, mientras apagaba las últimas luces del refugio, Olegario anotó en el libro de incidencias: 

“Nueva arista emergida por deshielo al noroeste del Torvella. Por encima de los 4000 metros. Peligrosa. Evitar.”

Pero nadie jamás pudo ver la arista. El glaciar había engullido para siempre todos los recuerdos, todas las heridas y todas las historias que habían necesitado de un final. 

Junto a la anotación de Olegario, sin saber muy bien por qué, Germán escribió una última línea:

Debemos estar dispuestos a aceptar la tragedia como una parte fundamental de la propia vida”.


La noche calló sobre el refugio. Las ascuas se extinguían en la chimenea mientras fuera el viento deshacía en pedazos al invierno. Pronto la noche alcanzó a todas las zonas del valle.



viernes, 16 de enero de 2026

LITERATURA DE MONTAÑA

Leer es un placer. Leer sobre aventuras en la montaña es un vicio. Aquí recopilo las que considero las 102 obras fundamentales de literatura de montaña, que incluye obras basadas en hechos reales y novela de ficción:



1. Cita con la cumbre, de Juanjo San Sebastián.

2. Annapurna. Primer ochomil, de Maurice Herzog. 

3. K2. Historia de un caso, de Walter Bonatti.

4. K2. El nudo infinito, de Kurt Diemberger.

5. Quizás vivir sea esto, de Jorge Egocheaga

6. Los conquistadores de lo inútil, de Lionel Terray.

7. La montaña desnuda, de Reinhold Messner.

8. Montañas de una vida, de Walter Bonatti.

9. La montaña desnuda, de Alex Txikon.

10. Estrellas en el Annapurna, de Simone Moro.

11. La elegancia de la eficiencia, de Denis Urubko.

12. Catorce veces ocho mil, de Edurne Pasaban.

13. Mis montañas. Toda una vida al filo de lo imposible, de Sebastián Álvaro.

14. Las siete cumbres, de Ramón Portilla.

15. Tocando el vacío, de Joe Simpson 

16. Kurtyka El arte de la libertad, de Bernadette McDonald.

17. Mal de altura, de Jon Krakauer

18. La conquista del K2, de Ardito Desio.

19. La voz del hielo, de Simone Moro.

20. Mi vida en la montaña, de Ueli Steck.

21. La vida en el limite, de Sebastián Álvaro.

22. Mi mundo vertical, de Jerzy Kukuczka.

23. Mi elección, de Krzysztof Wielicki.

24. Bajo los cielos de Asia, de Iñaki Ochoa de Olza.

25. Wanda Rutkiewicz. En los limites de la vida, de Anna Kamińska.

26. Annapurna: 50 años de expediciones a la zona de la muerte, de Reinhold Messner.

27. Everest 1924. El enigma de Irvine Mallory, de Sebastián Álvaro.

28. Los ochomiles de Carlos Soria, de Carlos Soria y Luis "Sito" Carcavilla.

29. Everest 1996. Crónica de un rescate imposible, de Anatolia Bukreev.

30. La maldita obsesión de subir montañas, de Jon Krakauer.

31. K2. La lucha de una mujer por la cumbre, de Heidi Howkins.

32. Estrellas y borrascas: seis caras nortes, de Gastón Rébuffat

33. Jefe de cordada: mi vida de alpinista, de Riccardo Cassin.

34.  Solo. Nanga Parbat, de Reinhold Messner.

35. Entre 0 y 8000 metros, de Kurt Diemberger 

36. Walter Bonatti, mi hermano en el alma, de Reinhold Messner.

37. Bájame una estrella, de Miriam García Pascual.

38. Cuadernos del vértigo, de Louis Lachenal y Gérard Herzog.

39. El séptimo sentido, de Kurt Diemberger.

40. Cho Oyu. Conquista de un pico de 8000 metros en el Himalaya, de Herbert Tichy.

41. Manaslu invernal, de Alex Txikon.

42. Mi felicidad en la zona de la muerte, de Tamara Lunger.

43. Vida de un superviviente, de Reinhold Messner.

44. La montaña es mi reino, de Gastón Rébuffat.

45. La Ascensión al Everest, de sir John Hunt.

46. Nanga, de Simone Moro.

47. 8000 metros. Solo y en invierno, de Fernando Garrido. 

48. Los tres últimos problemas de los Alpes, de Anderl Heckmair

49. La montaña muerta, de Preston & Child.

50. Los techos del mundo, de John Cleare y Richard Sale.

51. La conquista del Cervino, de Edward Whymper.

52. Horizontes conquistados, de Gastón Rébuffat.

53. El Ogro, de Doug Scott.

54. Recuerdos de un montañero, de Henry Russell.

55. El primero de la cuerda, de Roger Frison- Roche.

56. Mientras haya luz. Tragedia en el Nanga Parbat, de Eduard Sallent

57. Montañas probables, de Lara Magdalena Huertas.

58. Mujeres que mueven montañas, de Begoña Santos Olmeda.

59. Símbolo. El sentido de la renuncia, de Diane Messner y Reinhold Messner.

60. Paciencia. La hazaña de tres ucranianos en el Annapurna III, de Mikhail Fomin.

61. Polvo de glaciar, de Antonio J. Ruiz Munuera.

62. Mujeres y montañas. Nacimiento del pirineismo femenino, de Marta Iturralde.

63. Soñar grande. El K2 invernal de Sergio Mingote, de Isaac Fernández.

64. Sin oxígeno. Peripecias en los Himalayas, de Greg Child.

65. Más allá de lo posible, de Nimsdai Purja.

66. Annapurna este. Un 8000 virgen, de Jordi Pons.

67. La araña blanca, de Heinrich Harrer.

68. Los catorce de Iñaki, de Jorge Nagore.

69. Escaladores de la libertad, de Bernadette McDonald.

70. Cinco montañas solo, de César Pérez de Tudela.

71. La montaña caníbal, de Fernando Alomar

72. Ascensiones, de Catherine Destivelle

73. Los zarpazos de la montaña, de María Coffey.

74. K2. La montaña de las montañas, de Reinhold Messner y Alessandro Gogna.

75. Más cerca de mi padre, de Tenzing Norgay.

76. Mi camino al Everest, de sir Edmundo Hillary.

77. Dhaulagiri. Historia de un rescate, de Luis Carcavilla Urqui

78. Cuando la luna cambie, de Juanjo San Sebastián.

79. Diario de las siete cumbres, de Paco Monedero.

80. Solos, de Rosa Agudo.

81. Historias de bellas montañas, de Ramón Portilla.

82. Vivir. Mi tragedia en el Nanga Parbat, de Elisabeth Revol.

83. La escalada del Everest, de George Mallory 

84. A pulmón, de Sergi Mingote.

85. Everest. Porque está ahí, de Ion Berasategui 

86. Los catorce ochomiles de Óscar Cadiach, de Francesc Joan I Mata.

87. Del Tirol al Nanga Parbat, de Hermann Buhl.

88. La muñeca del Chogolisa, De Gregorio Ariz.

89. Conversaciones con Juanito Oiarzabal, de Juan Castro y Darío Rodríguez.

90. La vertiente oscura, de Joe Simpson.

91. Nanga Parbat, de David Torres.

92. Huida de las cimas, de Marc Batard.

93. 8000+, de Ueli Steck 

94. La vida en el límite de la vida, de Sebastián Álvaro y Jose Mari Azpiazu.

95. 8848 Clama Everest, de Jorge M. Mier.

96. Annapurna, la otra verdad, de David Roberts.

97. Historia de un superviviente. Kangchenjunga, de Carlos Pauner.

98. Los ochomiles en invierno, de Bernadette McDonald.

99. Morir por la cima, de Carlos Suárez.

100. Gasherbrum 1958, de Walter Bonatti.

101. Un día como un tigre. Alex Macintyre, de John Porter.

102. (Historias) Bajo cero, de Juan Vallejo.

103. El proyecto Chogori, de Gabriel Rodríguez Ríos.







sábado, 15 de noviembre de 2025

SUSURROS EN LA NUCA


En la cumbre todo se detiene. Lo superfluo deja de tener importancia, sin más. La estampa es poética, profunda e inspiradora. Contradicción pura dónde el todo se reduce a la nada. Solos los cuatro: el viento, el silencio… el vacío. 

Los susurros se proyectan contra mi nuca. Un ejército de pensamientos fúnebres al amparo de la locura; un lugar donde poder vomitar la esperanza disfrazada de plegarias. Las mordidas de un dios envidioso encerrado en el olvido. ¡Vuelve a la llanura!, gritan todos los recelosos. A veces es mejor hacerles caso. 

El abismo bajo mis pies es adictivo. La soledad en la cumbre es un momento casi mortuorio. Tu estado se mueve entre el agotamiento y la euforia. A lo lejos, el paisaje se esculpe como un cuadro vivo. Tus ojos se clavan en la profundidad cuando sientes una primera llamada al vacío. Debo bajar pronto. Me esperan.

El ansia por volver abajo aumenta mientras la montaña, poco a poco, te reclama. Los pensamientos se amontonan sin orden. Algunos son incómodos. Quiero arrancarlos de mi cabeza antes de que me hagan daño. Interrogado por el silencio me preparo para dejar la cumbre. Siento un sabor cálido bajo la lengua. Las demás cimas de alrededor ya no importan; nada importa, solo bajar. Abajo generamos ansia en lo más superfluo, mientras que arriba todo es suficiente. De pronto, una nueva llamada del vacío. Es hora de bajar.

Los susurros se estrellan contra mi nuca. Debo bajar ya. Las nubes asoman por el valle arrastrando un mal presagio. Hay que bajar cuanto antes. Arriba la mente se conforma, se vuelve frágil y sumisa; entonces el cuerpo rompe la magia de una forma inesperada. Es humilde pero sincero. Quiere bajar. Es caprichoso, valiente y descarado. 

Las voces se amontonan en el horizonte, el viento las mece sobre la cumbre. Estoy agotado pero contento. Es el momento de bajar.

Y así en todas las cumbres, porque nada hay más bello que volver enriquecido del lugar donde escapaste de ti mismo.

martes, 5 de agosto de 2025

EL HILO INVISIBLE

 

Siempre hay un hilo que nos mantiene unidos a lo invisible. A veces jugamos a no verlo. Otras, simplemente, nos contentamos con buscarlo y terminamos aceptando cualquier cosa, por muy poco invisible que sea. Pero hay veces, la mayoría de ellas, que no nos damos ni cuenta. Y ahí es donde reside la magia porque, nos demos cuenta o no, siempre hay alguien que maneja esos hilos para que podamos ser felices. 

Conocí a Julio el otoño de 2011. Un gallego y un andaluz que tienen un encuentro fortuito en los aseos de un centro de enseñanza de Cartagena. El comienzo no fue prometedor, pero muy pronto conseguimos conectar. Y es que para conectar solo es necesario un hilo. En nuestro caso, la montaña. 


                                                     Diente de Llardana

Conozco a pocos alpinistas gallegos. La mayoría de ellos viven en el más estricto anonimato. Unos son grandes por sus hazañas y ascensos, otros por sus méritos junto a grandes figuras del alpinismo y otros, simplemente, por hacer del alpinismo un lugar para soñar. 

Con Julio todo empezó despacio, sin grandes gestas. Queríamos conocernos y la montaña nos dio la oportunidad. Juntos escalamos en el Peñón de Ifach, en las paredes de Leiva o en el Almorchón ciezano. Recorrimos las grandes crestas del levante buscando nuevos retos en los que poner en juego nuestra conexión: las crestas de Benicadell, Bernia, la Foradà... Incluso nos aficionamos a las vías ferratas. Pero lo que de verdad nos gustaba era el alpinismo. Sierra Nevada nos ofreció grandes vías que no quisimos desaprovechar. Las caras norte de Los Machos, Veleta, Campanario y Salón; el espolón de la Alcazaba y otras vías con encanto nos dieron la oportunidad de conocernos más. Hasta que llegó Pirineos. Julio organizaba una expedición en una servilleta y nos uniamos a su entusiasmo sin dudarlo. Nos recorríamos la península de sur a norte y de norte a sur en apenas unas horas, y nos traíamos para Murcia muchas de las cimas más emblemáticas: Monte Perdido, Aneto, la Punta Escarra, Posets, Pico del Alba, los Astazus; cimas míticas como el Midi D' Ossau, Anayet, Vignemale, o una escalada apoteósica por la cresta del Gourgs Blancs. 

Todo fue maravilloso, y gran parte del alpinista que soy hoy se lo debo a Julio. Todo me sirvió para curtirme como montañero: manejar nudos, cuerdas, cacharros, asegurar, descender, proteger... Sin él pude experimentar después en los Alpes y soñar con las montañas más altas del planeta. Pero el tiempo ha pasado, y hay cosas que nunca estuvieron ordenadas del todo en mi cabeza, y hoy reclaman una reflexión. 


                                                                         Ruta de los Astazus

Una reflexión que surge de lo más elemental en alpinismo: la preparación de una ruta. Recuerdo que durante esos años jamás miré el tiempo que iba a hacer, ni me preocupé por saber por dónde iría la ruta a seguir. Nunca me preocupé de los refugios, si estaban guardados o libres, ni de las distancias o la dificultad de las vías; tampoco de si habría glaciares, si con el saco de verano sería suficiente o si con la ropa que llevaba iría abrigado. Nada. De repente saltaba del sofá al paso de Mahoma y, sin darme cuenta, ya estábamos en el refugio hablando de la ruta, brindando con una cerveza y riéndonos de nuestras tonterías. Fe ciega lo llamamos. 

Ahora, pasado el tiempo, intento llevar a mi mujer y a mis hijas a una ruta, o a mis amigos del club, y comprendo que hay una dificultad añadida a la logística. Si ellos confían en mí es porque tienen fe ciega en las decisiones que pueda ir tomando de principio a fin. Si el desnivel es el adecuado, la distancia, el clima, la ropa... Tomo decisiones como él lo hacía: una mirada, una palabra amable, una ausencia en el momento oportuno. 

Y fue precisamente eso lo que me llevó a comprender lo incuestionable: Julio movía un hilo invisible cada vez que salíamos a la montaña. Conmigo, con Borja, con Lola, con Bea, con Antonio... Con todos. Por eso siempre voy a agradecer todo lo que, desinteresadamente, ha hecho por muchos de nosotros. Tocaste el hilo adecuado, amigo.


 
   Bajando del Posets

Y no solo eso. Creaba una red silenciosa de cuidados y buenas decisiones que jamás celebrábamos. Normalizábamos todo.

Esta reflexión me ha servido para darme cuenta de que, con todo esto, alguien estaba tejiendo una historia preciosa que iba de montañas, y yo era el protagonista. Y es que ha sabido llevar muy bien su presencia en secreto.

No sé si es el mejor alpinista gallego, pero sí el referente que siempre había necesitado. Ojalá algún día volvamos a encontrarnos allí donde fuimos tan felices.