En la cumbre todo se detiene. Lo superfluo deja de tener importancia, sin más. La estampa es poética, profunda e inspiradora. Contradicción pura dónde el todo se reduce a la nada. Solos los cuatro: el viento, el silencio… el vacío.
Los susurros se proyectan contra mi nuca. Un ejército de pensamientos fúnebres al amparo de la locura; un lugar donde poder vomitar la esperanza disfrazada de plegarias. Las mordidas de un dios envidioso encerrado en el olvido. ¡Vuelve a la llanura!, gritan todos los recelosos. A veces es mejor hacerles caso.
El abismo bajo mis pies es adictivo. La soledad en la cumbre es un momento casi mortuorio. Tu estado se mueve entre el agotamiento y la euforia. A lo lejos, el paisaje se esculpe como un cuadro vivo. Tus ojos se clavan en la profundidad cuando sientes una primera llamada al vacío. Debo bajar pronto. Me esperan.
El ansia por volver abajo aumenta mientras la montaña, poco a poco, te reclama. Los pensamientos se amontonan sin orden. Algunos son incómodos. Quiero arrancarlos de mi cabeza antes de que me hagan daño. Interrogado por el silencio me preparo para dejar la cumbre. Siento un sabor cálido bajo la lengua. Las demás cimas de alrededor ya no importan; nada importa, solo bajar. Abajo generamos ansia en lo más superfluo, mientras que arriba todo es suficiente. De pronto, una nueva llamada del vacío. Es hora de bajar.
Los susurros se estrellan contra mi nuca. Debo bajar ya. Las nubes asoman por el valle arrastrando un mal presagio. Hay que bajar cuanto antes. Arriba la mente se conforma, se vuelve frágil y sumisa; entonces el cuerpo rompe la magia de una forma inesperada. Es humilde pero sincero. Quiere bajar. Es caprichoso, valiente y descarado.
Las voces se amontonan en el horizonte, el viento las mece sobre la cumbre. Estoy agotado pero contento. Es el momento de bajar.
Y así en todas las cumbres, porque nada hay más bello que volver enriquecido del lugar donde escapaste de ti mismo.
