Andaba por aquel entonces inmerso en la lectura de La montaña desnuda, de Alex Txikon, cuando me encontré con esta humilde reflexión:
"Saber darse la vuelta es un verdadero arte, es duro, pocos te felicitarán por esa decisión, pero en tu fuero interno sabrás que has obrado correctamente, con nobleza, tanto hacia tus compañeros como hacia ti mismo".
No sé si estoy en condiciones de hacer una profunda reflexión al respecto. No he visto morir a compañeros de cordada, ni siquiera a amigos de otras expediciones; pero sí he visto grietas tan profundas que podrían engullir un rascacielos del centro de New York sin apenas rozar sus paredes heladas; también he puesto mi cuerpo al borde de la congelación y mi vida al límite de sus posibilidades. Y sí, todo por una cumbre.
Nunca estamos preparados para las malas noticias. Recuerdo que acababan de diagnosticar una enfermedad a un familiar muy cercano. Fue muy duro recibir la noticia. Con el tiempo, y siendo consciente de su deterioro físico y mental, acepté que todas aquellas condolencias de los familiares iban encaminadas a hacerle la vida más agradable. Todos querían compartir su dolor. "Te ayudaremos con esta batalla", le decían. Solo el doctor fue claro con ella: "No hay batalla que lidiar. Si tienes que morir, morirás".
Contra todo pronóstico, todo pasó pronto. Fue una suerte. Durante ese tiempo la enfermedad me enseñó que, a veces, hay que dejar un tiempo para la reflexión. Me volví más introspectivo y meditabundo. Las reflexiones me llevaron a pensar en mi final, obviamente, pero siempre pensaba en las montañas. Sí, de nuevo las montañas. Ese refugio a la intemperie donde no hay que esconder los pensamientos. Mis reflexiones se volvieron hacia ellas. "No hay batalla", retumbaba en mi cabeza. Y, de repente, me veía nuevamente en mitad de un corredor helado, debajo de un enorme serac que amenazaba con descolgarse en cualquier momento. En esos instantes pensaba en mi familiar, en su lucha, y comprendía que para ganarle aquella batalla a la montaña solo había una opción: no estar allí. "Sí tienes que morir, morirás". Pero eso era cruel solo de pensarlo.
Entonces, inconscientemente, mi mente se paraba con detalle en todas aquellas veces en las que había arriesgado mi vida por una cima.
Había incluso visto desfallecer a compañeros, con las rodillas clavadas en la nieve, desahuciados, luchando por una ambición que solo aquella maldita enfermedad había puesto de manifiesto. ¿Qué hay de malo en darse la vuelta? Este era el pensamiento más apremiante. La vida me había dado una oportunidad para pensar en ello. Entonces mi mente se detuvo ante esa pregunta. ¿Qué había de malo en darse la vuelta? Ahí empecé a valorar que lo que tenía era más importante que lo que me faltaba; que un adiós es para siempre y que contra la montaña no hay lucha posible. "Si tengo que morir, moriré". Es así de sencillo. Por eso quizá nunca pensamos en no salir de allí con vida. Es un pensamiento que no siempre tenemos presente, aunque a veces pensemos en ello. Confiamos en que todo irá bien. Incluso aquello que no depende de nosotros. Los montañeros hablamos de "peligros objetivos". Son aquellas vicisitudes propias de la montaña que escapan a nuestro control: el clima cambiante, una avalancha inesperada, una tormenta, una cuerda que se rompe... No hay negociación posible. Pero ¿por qué nos ciega el afán por la cima en mitad del sufrimiento cuando lo normal es evitarlo? ¿Qué fuerza nos empuja a ello a pesar de todo lo que ponemos en riesgo?
Entonces volví a releer la cita de Txikon, y una sombra inesperada se paseó por mi habitación. Era ella, la conciencia de saber que has obrado bien. Un dictamen racional que opera de forma rígida sobre la voluntad. El deber lo llamaba Immanuel Kant. Y es curioso cómo, a 8000 metros de altitud, con el cuerpo al límite de la congelación, respirando ese aire enrarecido de las cumbres más altas del planeta, el sentido del deber no colapsa. Por ti y por tus compañeros. Porque si la montaña decide ganar la batalla, no hay lucha que la contenga.


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