Los días de expedición en la montaña se viven con una intensidad fuera de lo común. Las horas se ralentizan hasta el punto de que se pierde la noción del tiempo. Pasamos horas en tiendas de campaña, leyendo, pensando, charlando de las cosas que de verdad importan; luego tardamos horas en equiparnos para salir o en calentar agua, pero jamás nos consume la prisa. Se congela todo, hasta el tiempo, pero hay algo que se acentúa por encima de todo: los sentimientos.
Aunque soy para mí mismo un extraño, a ella la conozco demasiado bien. Conozco cada detalle de su rostro, cada emoción arrinconada bajo sus ojos... Cada uno de sus suspiros es capaz de desatar una tempestad. Por eso no me cuesta leer la tristeza en su mirada cuando me voy a la montaña y toca despedirnos. Ella, con sus elegantes ademanes, siempre está dispuesta a decirme adiós con una sonrisa inquebrantable que oculta una desolación sin consuelo. Y es que hay algo inexplicable en las despedidas, más cuando se trata de montañas, que hace que tengamos un incómodo nudo en la garganta, bello y molesto al mismo tiempo.
Es hora de partir, amor mío.
En mitad de la noche la tienda se tambalea por el vendaval. La mente se entretiene con pensamientos que van y vienen. La familia, el corredor, ruidos nocturnos... Sabemos que hay ascensos que vienen marcados por un paso clave. Una ventana al vacío, una travesía expuesta al abismo, una canal helada o un simple paso entre rocas donde tienes que encajar el piolet en una grieta y rezar para que aguante. Piensas en ese paso desde la noche anterior. A veces es la fe o la nada. Y claro, piensas en morir. No en la muerte, que es diferente. Entonces intentas evadir esos pensamientos, y te acuerdas de tu gente: mi mujer, mis hijas, mi madre, mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos... de todos los que te esperan. Pero me acuerdo sobre todo de ella, mi mujer. Porque el sufrimiento no se ajusta a la capacidad que tengas para padecerlo. La desborda. Y eso es así porque importan otras cosas. La gente que piensa en ti durante esas expediciones no es capaz de medir el sufrimiento. Se le va de las manos. En ese sentido sí que somos egoístas los montañeros. Pero, ¿cómo gestionar eso? Me convenzo a mí mismo creyendo que es un egoísmo que encaja exactamente en la cantidad de amor que me profesa. Entonces vuelven a mi mente sus manos, su rostro, sus cejas cubriendo esos bellos ojos atrincherados en la verdad.
Mi pensamiento se vuelve nuevamente a nuestra despedida: me miró sin mentir y me suplicó que llevara mucho cuidado.
Su sufrimiento es lo último que acude a mi pensamiento cuando el silencio se apodera de todo. Es noche cerrada y todos duermen. Tengo la espalda helada y me cuesta conciliar el sueño. Me preparo más para una siesta incómoda que para una noche reparadora. Es la que llamo la siesta del mendigo. Un descanso obligado por el cansancio, bajo las estrellas, expuesto a la incertidumbre del mundo y a la claridad del pensamiento. Sí, la montaña es liberadora en muchos sentidos, pero a mí especialmente me reconforta porque pongo en orden mis propios pensamientos sin tener que confrontarlos con nada. Me despreocupo de las cosas que no importan.
Ahora hace frío. Mucho. Cada diez minutos tengo que cambiar la posición dentro del saco. En apenas unas horas descorreremos las cremalleras de la tiendas y nos pondremos en marcha. Descansa, amor mío. No te preocupes, llevaré cuidado.
Te quiero.


