Siempre hay un hilo que nos mantiene unidos a lo invisible. A veces jugamos a no verlo. Otras, simplemente, nos contentamos con buscarlo y terminamos aceptando cualquier cosa, por muy poco invisible que sea. Pero hay veces, la mayoría de ellas, que no nos damos ni cuenta. Y ahí es donde reside la magia porque, nos demos cuenta o no, siempre hay alguien que maneja esos hilos para que podamos ser felices.
Conocí a Julio el otoño de 2011. Un gallego y un andaluz que tienen un encuentro fortuito en los aseos de un centro de enseñanza de Cartagena. El comienzo no fue prometedor, pero muy pronto conseguimos conectar. Y es que para conectar solo es necesario un hilo. En nuestro caso, la montaña.
Conozco a pocos alpinistas gallegos. La mayoría de ellos viven en el más estricto anonimato. Unos son grandes por sus hazañas y ascensos, otros por sus méritos junto a grandes figuras del alpinismo y otros, simplemente, por hacer del alpinismo un lugar para soñar.
Con Julio todo empezó despacio, sin grandes gestas. Queríamos conocernos y la montaña nos dio la oportunidad. Juntos escalamos en el Peñón de Ifach, en las paredes de Leiva o en el Almorchón ciezano. Recorrimos las grandes crestas del levante buscando nuevos retos en los que poner en juego nuestra conexión: las crestas de Benicadell, Bernia, la Foradà... Incluso nos aficionamos a las vías ferratas. Pero lo que de verdad nos gustaba era el alpinismo. Sierra Nevada nos ofreció grandes vías que no quisimos desaprovechar. Las caras norte de Los Machos, Veleta, Campanario y Salón; el espolón de la Alcazaba y otras vías con encanto nos dieron la oportunidad de conocernos más. Hasta que llegó Pirineos. Julio organizaba una expedición en una servilleta y nos uniamos a su entusiasmo sin dudarlo. Nos recorríamos la península de sur a norte y de norte a sur en apenas unas horas, y nos traíamos para Murcia muchas de las cimas más emblemáticas: Monte Perdido, Aneto, la Punta Escarra, Posets, Pico del Alba, los Astazus; cimas míticas como el Midi D' Ossau, Anayet, Vignemale, o una escalada apoteósica por la cresta del Gourgs Blancs.
Todo fue maravilloso, y gran parte del alpinista que soy hoy se lo debo a Julio. Todo me sirvió para curtirme como montañero: manejar nudos, cuerdas, cacharros, asegurar, descender, proteger... Sin él pude experimentar después en los Alpes y soñar con las montañas más altas del planeta. Pero el tiempo ha pasado, y hay cosas que nunca estuvieron ordenadas del todo en mi cabeza, y hoy reclaman una reflexión.
Una reflexión que surge de lo más elemental en alpinismo: la preparación de una ruta. Recuerdo que durante esos años jamás miré el tiempo que iba a hacer, ni me preocupé por saber por dónde iría la ruta a seguir. Nunca me preocupé de los refugios, si estaban guardados o libres, ni de las distancias o la dificultad de las vías; tampoco de si habría glaciares, si con el saco de verano sería suficiente o si con la ropa que llevaba iría abrigado. Nada. De repente saltaba del sofá al paso de Mahoma y, sin darme cuenta, ya estábamos en el refugio hablando de la ruta, brindando con una cerveza y riéndonos de nuestras tonterías. Fe ciega lo llamamos.
Ahora, pasado el tiempo, intento llevar a mi mujer y a mis hijas a una ruta, o a mis amigos del club, y comprendo que hay una dificultad añadida a la logística. Si ellos confían en mí es porque tienen fe ciega en las decisiones que pueda ir tomando de principio a fin. Si el desnivel es el adecuado, la distancia, el clima, la ropa... Tomo decisiones como él lo hacía: una mirada, una palabra amable, una ausencia en el momento oportuno.
Y fue precisamente eso lo que me llevó a comprender lo incuestionable: Julio movía un hilo invisible cada vez que salíamos a la montaña. Conmigo, con Borja, con Lola, con Bea, con Antonio... Con todos. Por eso siempre voy a agradecer todo lo que, desinteresadamente, ha hecho por muchos de nosotros. Tocaste el hilo adecuado, amigo.
Y no solo eso. Creaba una red silenciosa de cuidados y buenas decisiones que jamás celebrábamos. Normalizábamos todo.
Esta reflexión me ha servido para darme cuenta de que, con todo esto, alguien estaba tejiendo una historia preciosa que iba de montañas, y yo era el protagonista. Y es que ha sabido llevar muy bien su presencia en secreto.
No sé si es el mejor alpinista gallego, pero sí el referente que siempre había necesitado. Ojalá algún día volvamos a encontrarnos allí donde fuimos tan felices.


