–¿Quién iba a pensar que encontraríamos la nieve en este estado?
–Ni en nuestros mejores sueños, Gabri. Se ve que el viento la ha arrastrado hasta el corredor y con el cambio de temperatura se ha puesto dura de cojones para clavar bien los piolets y pegar cramponazos.
–¿Quieres relevo para abrir huella hasta el resalte?
–No, voy bien.
Siempre va bien. Esté cansado, fatigado, haya dormido mal, tenga algún problema rondando su cabeza o simplemente no le apetezca. Jamás he visto a nadie más feliz que él en la montaña. Por eso lo admiro tanto.
Habíamos amanecido casi a las 05.00 a.m y ya íbamos de camino a la montaña. Nos gusta empezar a andar de noche, "a frontal", como solemos decir los montañeros. Después de arrancar la capa de hielo de la luna delantera del coche pasé por él y nos fuimos a la Sagra, nuestra segunda casa, la catedral alpina del altiplano granadino. Llenamos el maletero de material, porque teníamos en mente hacer una ruta mítica invernal: empezar por la vía Pináculos, enganchar con el corredor Himalaya, atravesar el embudo y hacer los últimos resaltes de la vía Pingüinos. Con esta idea nos metimos en la carretera. Recuerdo que había empezado a nevar ligeramente y hacía bastante frío. Enchufé la calefacción y puse un tema de Miles Davis que llevaba tarareando unos días: Footprints. Precisamente Footprints. Huellas.
Si hay algo que nos motiva en la montaña es abrir huella. Algunas veces, de broma, hablábamos de crear una web para tal empeño: www.teabrolahuella.com. Y nos veíamos como los grandes guías de los Alpes, como Rébuffat, abriendo huella en la Sagra por encargo. Y es que hay una relación especial con la montaña cuando dejas tu huella inmortalizada en la nieve. Es una marca efímera dentro del enorme proyecto que supone conquistar una cima por un trazado de nieve virgen, pero también es un camino ignoto y, a veces, solitario. Abrir huella es elegir continuamente un trazado desconocido y encontrar entre el manto blanco un camino incierto. Al no seguir una traza marcada, experimentas un extraño sentimiento. Una mezcla de incertidumbre y libertad.
La diferencia entre abrir la huella y seguirla es abismal. Al abrir la huella creas un compromiso vital con el entorno; hay un poso de autoafirmación en cada paso, ya que se abre una exigua cicatriz con tu sello personal, un fugaz vestigio de tu paso por la vida. Mientras que al seguir la huella, simplemente consolidas la decisión de otro. Digamos que compartes la valentía del que te precede, pero a cambio renuncias a ese bello momento creativo que la montaña te ofrece.
La huella, además, nace de un encuentro lúdico con la montaña. Jugar a moverte por la montaña y encontrar pequeños resaltes ocultos, otras líneas desconocidas, nuevas vías... Y es que el juego es esencialmente humano. Johan Huizinga nos hablaba del homoludens, ese viejo espíritu lúdico de nuestros ancestros, que combatían el sedentarismo desde el juego, imaginando senderos imposibles por los que mover a su pueblo para protegerlo de las bestias y proveerlo de alimento. Imagino al hombre de Orce, merodeando por los alrededores de la Sagra, de caza, abriendo huella en mitad nuestros corredores, confeccionando el ADN de esa gente que, millones de años después, seguimos viviendo ese contacto tan especial con la naturaleza.
Es cierto que en la montaña el juego carece de productividad y, por tanto, de competencia. Lo que hacemos está unido al entusiasmo. Aunque, en cierto modo, también hay mucho de supervivencia. A veces jugamos a crear sueños. Son sueños de montaña. Una interminable sucesión de planes que se amontonan dentro de otros planes. Pasamos de plantar una huella en la Sagra a poner los pies en la cima del Mont Blanc, el Cervino, el Khan Tengri o el Alpamayo. Así somos. Una ventana abierta al abismo; pero humildes y conformistas. Luego salimos a cualquier monte y la sonrisa en la cara nos dura dibujada toda la semana.
Dedicado a los que abren huella. Porque no hay mayor lealtad en la montaña que seguir la huella de alguien que se ha equivocado por ti.





